El 8 de febrero, muy temprano, alrededor de las 6:30 de la mañana, recibimos una llamada de Itzel:

«Mamá, tengo contracciones desde las tres. ¿Pueden venir?»

Luis y yo nos levantamos y nos dispusimos a salir lo antes posible. Desayunamos, le dimos de comer a la gatita, preparamos una maleta para algunos días y salimos alrededor de las ocho.

Esperábamos el nacimiento de mi quinto nieto unas dos semanas más adelante. El sábado anterior, la mamá de Mario le había organizado un baby shower y todavía estaban los adornos en la casa del evento.

Pero este niño tenía mucha prisa por nacer y llegar a este mundo. Venía con toda su fuerza.

A mí me entró una mezcla de emoción y nervios.

Llegamos a la casa de Itzel alrededor de las nueve.

Su parto iba a ser en agua, en su propia casa y con parteras. En caso de cualquier eventualidad, había que tener un hospital de respaldo, pero no hubo tiempo para organizarlo. Ni siquiera la ropita del bebé estaba lavada y la tina donde iba a nacer todavía no estaba preparada. Las parteras acababan de ser avisadas.

Luis y yo queríamos encontrar algo para comer en el camino, para que después no nos agarraran las prisas, pero no encontramos nada. Al menos conseguimos la leña que nos habían encargado para mantener encendida la chimenea.

Teníamos muchas ganas de llegar y ver cómo iban las cosas.

Cuando llegamos, encontramos a Itzel y Mario ilusionados y emocionados. Estaban completamente entregados al momento, aceptando lo que estaba sucediendo y dejándose llevar por la experiencia.

La chimenea llevaba horas encendida y llenaba la casa de una agradable sensación de calor.

Los procesos naturales seguían su curso.

Las contracciones, o dolores, como yo les digo, iban aumentando en intensidad y cada vez había menos tiempo entre una y otra.

Entonces llegaron los amigos Jaque y Mury. Traían la tina. La lavaron, la desinfectaron y la prepararon para llenarla de agua.

También habían llevado algunas cosas de su despensa por si hacían falta: chocolate, miel, espirulina y algunas cosas más.

Estaban allí con mucha alegría, amor y disposición para ayudar a Itzel y Mario.

Isaí, siempre tan dispuesto a ayudar, fue el encargado de traer todo lo necesario para llenar la tina: las mangueras, los calentadores y demás cosas.

Llegó en su moto, emocionado y nervioso, acompañado de Cobalto, el compañero animal que llevaba tantos años junto a Itzel.

Luis, el abuelo materno, también estaba emocionado por el nacimiento de su quinto nieto. Ayudó con las compras de último momento y estuvo disponible para todo lo que hiciera falta.

Después de un rato, para respetar la intimidad de los futuros padres, se retiraron, aunque dejaron claro que estarían pendientes y disponibles para cualquier cosa que necesitáramos.

Jaque y Mury hicieron lo mismo. Había mucho deseo de quedarse y compartir aquel momento tan especial, pero también un profundo respeto por la intimidad de la nueva familia.

Mientras tanto, las contracciones de Itzel se hacían cada vez más intensas y frecuentes.

La tina ya estaba lista con agua tibia. Las parteras, Leila y Ligia, estaban presentes: amorosas, experimentadas, pacientes y atentas.

Todo estaba preparado para que Itzel entrara en el agua.

Las contracciones llegaban aproximadamente cada cinco minutos. Leila revisó a Itzel para ver cómo avanzaba la dilatación.

Ya estaba cerca de los siete centímetros.

Entonces llegó otra contracción, todavía más intensa.

De repente, una gran cantidad de agua comenzó a correr por las piernas de Itzel.

La bolsa se había roto.

El momento se acercaba.

Mario permanecía atento a su lado, ayudándola con cada contracción. Con sus manos fuertes presionaba sus caderas, la sostenía y trataba de aliviar la intensidad del dolor.

Ayudaron a Itzel a entrar en la tina.

Las contracciones se hicieron todavía más intensas y ahora llegaban aproximadamente cada tres minutos.

Estaba adolorida, cansada y temerosa, pero también ilusionada, decidida y fuerte. Estaba llena de amor en este acto de dar vida.

El ambiente era armonioso.

Leila tocaba la guitarra y su voz suave se mezclaba con la de Ligia. Todo parecía fluir.

A través de las ventanas se veían los árboles meciéndose con el viento, como si también ellos estuvieran acompañándonos.

Todo parecía decir:

Una nueva vida está por llegar.

Las contracciones comenzaron a llegar casi cada minuto.

El dolor y el esfuerzo se reflejaban en el rostro de Itzel, pero cada contracción estaba acompañada por el abrazo amoroso de Mario, por la mirada comprensiva de Leila y Ligia y por sus palabras de ánimo:

«Vamos, Itzel. Falta poco. Respira. Ya viene.»

Cada vez eran más intensas.

El momento se acercaba.

Yo observaba todo con una mezcla de emoción, asombro, expectativa y una entrega casi ansiosa por recibir aquel regalo mágico de la vida.

Los cuatro estábamos alrededor de la tina, acompañando y animando a Itzel:

«Respira. Relájate. Falta poco.»

Calentábamos agua en la estufa para mantener la tina a una temperatura agradable.

Leila y Ligia seguían acompañándola y le daban indicaciones:

«Sigue así. Puja con fuerza desde el vientre, no desde la garganta.»

«Ya viene otra contracción», decía Itzel.

De ella salió un grito contenido. No era un grito de queja ni de dolor. Era un sonido de fuerza, profundo, como si viniera desde el alma.

Se podía sentir su deseo de conocer finalmente a su hijo.

Llegó otra contracción, todavía más intensa.

«Vamos, Itzel», se escuchó la voz de Leila. «Muy bien. Así. Eres una guerrera valiente. Ya pasó. Descansa.»

Y así fue, una contracción tras otra.

Hasta que llegó aquel momento mágico.

Con un enorme esfuerzo de Itzel, vimos aparecer una pequeña cabecita.

Itzel pudo tocarla y acariciarla.

Todos teníamos los ojos puestos en ese instante, maravillados ante la fuerza perfecta y natural del cuerpo femenino, capaz de traer una nueva vida al mundo.

Quedé profundamente impactada, emocionada y conmovida.

No podía apartar la mirada.

El bebé se movía, buscando pacientemente la posición adecuada para liberarse y salir. Ya podíamos ver su carita.

«Mario, toca su orejita», dijo Ligia.

Itzel estaba cansada y al mismo tiempo impaciente por abrazar a su hijo.

Pasaron unos minutos que parecieron una eternidad.

Finalmente llegó la contracción que estábamos esperando.

Itzel cerró los ojos, contuvo la respiración y se agarró con fuerza de la tina. Hizo un esfuerzo enorme.

Y entonces vimos cómo salía por completo el cuerpo de un pequeño niño hermoso.

Mario, emocionado, lo recibió.

«No lo saques todavía», aconsejó Leila. «Espera un poco. Ahora sí, tómalo suavemente y ponlo sobre el pecho de Itzel.»

Itzel estaba cansada, adolorida y al mismo tiempo profundamente feliz.

Lo tomó entre sus brazos y le hablaba con ternura:

«Mi chiquito. Mi amor.»

Ligia lo bañaba suavemente con el agua tibia.

Los nuevos padres estaban emocionados e incrédulos ante el gran milagro que acababan de vivir. Con sus voces suaves, caricias y abrazos amorosos fueron calmando al pequeño, que lloraba y se hacía escuchar.

Eran las 14:27 del 8 de febrero de 2021.

Yo observaba agradecida, con los ojos húmedos.

«Se ve azul», dije.

«Es normal. Está bien», respondió Leila, que cuidaba al recién nacido con serenidad y emoción.

«Todo está bien.»

«Lilia, toma una toalla y limpia suavemente su cabecita», escuchamos decir a Ligia.

Nos miramos felices y nerviosos.

Comencé a secar suavemente la cabecita de aquella nueva vida, con muchísimo cuidado para no lastimarlo. Era tan pequeño, tan frágil.

Lo escuchaba quejarse y apenas podía creer que estaba siendo testigo de algo así.

Esperamos unos momentos más a que naciera la placenta y a que Itzel y el bebé pudieran acomodarse.

Secaron a Itzel con las toallas y la llevaron a la cama, donde madre y bebé quedaron calentitos y cómodos.

YAAN todavía estaba unido a su placenta a través del cordón umbilical.

Durante un momento, todo pareció detenerse.

Contemplábamos a los nuevos padres con una profunda sensación de gratitud.

Todo estaba bien.

En la habitación había paz, armonía y amor.

La nueva mamá había hecho su trabajo con una enorme valentía. En ningún momento dejó de luchar, ni siquiera cuando sentía que ya no podía más.

Pasaron dos horas o más.

Comimos un caldo de pollo y verduras para recuperar fuerzas: Leila, Ligia, Itzel, Mario y yo.

Era ese tipo de hambre que llega después de un trabajo intenso y profundamente satisfactorio, después de haber compartido algo grande y hermoso.

La habitación seguía llena del calor de la chimenea.

Llegó entonces el momento de pesar, medir y cortar el cordón umbilical de YAAN.

Ligia extendió una manta en el suelo y me pidió flores.

Fui al jardín y corté alcatraces.

Cuando regresé, YAAN estaba sobre la manta, todavía unido a su placenta por el cordón umbilical.

Sobre la placenta habían colocado un corazón y, alrededor, los alcatraces.

Lo pesaron con ayuda de la manta.

3,2 kilos. 49 centímetros.

Ahora Mario iba a cortar el cordón.

Ligia midió unos centímetros desde el cuerpo de YAAN a lo largo del cordón, colocó una pinza y le dijo a Mario:

«Corta aquí.»

Mario cortó el cordón umbilical.

Tomamos fotografías y después las compartimos en nuestros diferentes chats.

Todo fue parte de una hermosa ceremonia, preparada con mucho amor por Ligia y Leila.

Una vez cortado el cordón umbilical, vistieron y envolvieron al nuevo integrante de la familia.

Arropado, calentito y en los brazos de su mamá, finalmente descansó.

Yo seguía intentando asimilar todo lo que había vivido.

Me costaba creer que aquello hubiera sucedido delante de mis ojos.

Había sido algo mágico, sublime y casi divino.

Y me sentía profundamente agradecida con Dios por haber tenido la oportunidad de presenciar algo que puede parecer tan común y cotidiano, pero que al mismo tiempo es tan maravilloso, extraordinario y sobrecogedor.

Una nueva vida había nacido.